Este confinamiento, que de hecho todavía no ha terminado, se nos está haciendo muy largo. Todo el mundo quiere vivir “normal” como antes.

Me pregunto: ¿Era normal la forma en que vivíamos? ¿La forma en que nos relacionábamos?

El confinamiento nos ha hecho vivir puertas adentro de nuestra casa. Si queremos podemos extraer una parte buena, a muchos nos ha servido para descubrir, saber quiénes somos, que queremos o cuáles son nuestros objetivos.

Hemos podido escuchar que después del confinamiento muchas parejas romperán. O no. Quizás ha sido un momento donde las familias se han vuelto a encontrar. Muchas horas juntos, y en muchos casos en espacios pequeños, ha servido o bien para acercarnos o bien para alejarnos entre nosotros, pero no nos ha dejado indiferentes.

Lo que si está claro es que nos ha hecho plantear prioridades, saber con quién puedes contar y quién no, qué es realmente importante, y pasar de todo aquello que no nos hace disfrutar realmente de la vida.

La importancia de cuidar la mente es siempre esencial, pero lo ha sido especialmente durante estos meses de confinamiento.

Fiestas mayores virtuales, encuentros en los balcones, ópera, bailes, bingos (!!!) … Se ha hecho de todo, cualquier cosa que sirviera para hacer pasar las horas y tener la mente ocupada. Angustia, incertidumbre, sensación de vulnerabilidad o de falta de control son las reacciones más habituales que hemos experimentado ante el confinamiento.

Las demandas más solicitadas de estos meses los psicólogos y centros de atención primaria han sido las relacionadas con el miedo y la angustia de poder perder la salud e incluso la vida. Pero hay más. Esta crisis sanitaria llevará muchos otros problemas en diferentes ámbitos como es el laboral y económico, de relaciones de pareja, de conflicto entre padres e hijos y, desgraciadamente, para los duelos no resueltos de las personas que han muerto.

Cuestiones relacionadas con la incertidumbre por el futuro que vendrá, que sucederá a corto o medio plazo es probablemente el tema que más nos preocupa. Estamos ante un fenómeno que no acabamos de conocer, no tenemos ningún fármaco que pueda luchar contra él, no tenemos soluciones ni todas las respuestas, además de las precauciones higiénicas, no sabemos qué comportamiento tiene. Y, la incertidumbre que esto provoca es muy grande. Además, esta situación genera una dinámica de inestabilidad de cara el futuro.

Ahora tenemos que aprender a gestionar esta incertidumbre. Lo tendremos que hacer, y aprenderemos, seguro. Nuestra condición humana es también todo esto: vulnerabilidad, apertura al otro, inmersión en condiciones medioambientales que nos superan, emergencias y retos que se nos presentan de manera inesperada, etc.

Debemos convivir con lo que nos rodea y, por tanto, lo tenemos que integrar de la mejor manera posible en nuestras vidas. En un mundo donde el individuo tiene muy marcada la idea de control es importante ver que muchas veces las cosas no van como se prevén. Y que todo lo que habías planificado, idealizado, en un momento se puede perder.

De todo ello hemos de poder extraer que es interesante y necesario que sepamos integrar la incertidumbre como una categoría imprescindible de la existencia.

Núria Mateo Martínez

Psicóloga

Colegiada número 23.766